Cuando era pequeña solía pedirle a mi abuela que me contara historias de amor.
Ella me decía que el amor traía paz y tranquilidad al corazón de los enamorados, que quién amaba plenamente era dichoso, felíz y podía sentirse dueño del universo. Que los enamorados poseían un brillo especial en la mirada y la sonrisa iluminaba sus rostros cuando tenían cerca a la persona amada. Que nadie, absolutamente nadie podía vivir sin amor. Y así lo veía yo, tan mágico y dulce, capaz de hacer feliz a la persona más amargada y volver vulnerable a la más dura. Porque cuando somos niños no inaginamos que quien dice amarnos, también puede hacernos mucho daño.
La primera vez que me enamoré comprendí que el amor venía acompañado también de tristeza, desiluciones y dolor, que cuando no funciona una relación, cuando se deja de sentir, de dar y de demostrar llega un vacío y dudas a osurpar su lugar.
Que hasta el silencio turba tu alma, y tu corazón deambula de un lado a otro sin encontrar consuelo.
Que te puedes enamorar muchas veces, tener muchas parejas, pero solo una vez amarás plenamente y te entregaras por completo y cuando esa persona a la que decidiste entregarlo todo, te lastima y te traiciona, nada vuelve a ser igual.
Entonces, el brillo desaparece y tu mirada se torna trizte.
Pasé por ese trago amargo, porque de sufrir por amor nadie se salva. y entonces no queda mas que esperar a que la vicita de un nuevo amor repare tus pedacitos rotos y reconstruya con mucha paciencia el desastre que quedó en tu corazón.
Y vuelves a amar a sentir y a confiar... a entregarete. Porque el amor es así y siempre se da sin preguntar, sin explicar y sin pensar.
Y nuevamente quedas expuesta a las desiluciones a que te vuelvan a herir o en el mejor de los casos a ser amada, valorada y a hacerte sentir tan especial y feliz que olvidarás que un día sufriste.
Silvia Díaz