Llevo noches pensándolo, me arden los ojos, no he podido dormir, mi cuerpo tiene hambre de él, deseos de él, intento despojar estas ansias, pero entre más trato más ansío que esté aquí.
Me levanto de la cama, pongo música, me siento a escribir, me tomo no sé cuántos cafés y la madrugada me sorprende nuevamente queriendo ahuyentar su recuerdo. Me es imposible porque ha quedado irremediablemente adherido a mi, a mi piel, a mi sexo, a mis piernas, a mis senos.
Llevo noches pensándolo, duermo poco y cuando lo hago lo vislumbro entre mis sueños, está en esta misma cama, desnudo y con su torso tibio frente a mis ojos, con su falo dentro de mi. Me rodea con sus brazos haciéndome vibrar, lo atrapo con mis piernas haciéndolo explotar, se mueve lento, tanto que lo siento completo llenándome, inundando mi vientre con su carne, depositando en mi toda su lujuria; su fogosidad, su fuerza, su rudeza y su dulzura.
¡Jadeos...! Uno..., dos..., tres..., retumban en mis oídos. Sus movimientos, sus mordiscos, su lengua lasciva y tierna me poseen, sus manos salvajes y delicadas suben y bajan apretando fuerte cada espacio de mi anatomía y yo me deshago y me hago a su antojo.
Su lengua provoca maravillas entre mis labios, entre mis muslos, hundida en mi sexo, sus labios buscan un refugio entre mis senos destilando pasión, descansa unos segundos y se apodera de ellos, se pasea de un lado a otro mientras me sigue follando.
Despierto, él no está, pero habita en mi, su fragancia aún llena mis fosas nasales, lo huelo, lo siento, lo deseo fuera de mis sueños. Solo él ha logrado tenerme así, ese hombre es una mezcla entre cielo e infierno, luz y sombra, tierno y perverso. Mi cuerpo lo necesita como nunca antes había necesitado a otro hombre.
¡Carajo! No lo amo, pero como lo extraño.
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